Durante la agonía de Franco pululaban como pelos caídos de la larga cabellera del PCE diversas organizaciones a su izquierda que pretendían, y así lo declaraban, cambiar el mundo, dirigiendo la revolución en España. De aquel tiempo es esta copla:
“Carrillo no seas cretaceo,
coge la hoz y el martillo,
y haz la revolución,
no sólo contra el caudillo”
Que se cantaba dando palmas, al estilo del fandango. Lo que indica que a pesar de las acusaciones permanentes de revisionismo, muchos en las susodichas pequeñas organizaciones aún tenían puesta su confianza en el partido. Con mayúscula.
Aquellos pelos caídos de la cabeza del PCE y otros que nacieron en el viento y aspiraban a implantarse en ella o a sustituirla se pueden agrupar en las corrientes políticas entonces existentes, tal el maoísmo o el prosovietismo, también el consejismo y el trosquismo tenían sus representantes.
Hay que tener presente que la E de España todavía no se había caído. No se había impuesto el pensar localmente y todavía el internacionalismo proletario tenía la firmeza de ser al menos un principio indiscutido.
La corriente maoísta era la más numerosa por aquellos años, mediados de los setenta, siendo el Partido del Trabajo de España, Organización Revolucionaria de Trabajadores y Movimiento Comunista de España, las organizaciones más importantes. Y sus bases unas perpetuas aspirantes a la unidad por la nula diferencia ideológica y porque se comprendía fácilmente que a mayor militancia mayor peso tendría el partido resultante de la unión. Pero las bases desconocían que las direcciones casuales pero muy rígidamente establecidas debido a la clandestinidad eran un hato de oportunistas, aunque fueran oportunistas políticos con un probado valor personal.
La primera gran fusión, seguida de inmediato de explosión, la protagonizaron el PTE y la ORT que tenían incluso sus sindicatos (CSUT del PTE y SU de la ORT productos de una escisión en CC.OO.) partidos que habían seguido un curso “derechista” a partir de la muerte del dictador, dando su apoyo a la constitución del 78, y que a la vez estaban remolcados por el viento revocatorio derechista que seguía el Partido Comunista de China después de la muerte de Mao. Una vez unificados en el Partido de los Trabajadores y durante unas semanas todo parecía ir bien, pero demostrando que en las direcciones había una mayoría de gente casual las reuniones del comité central se convirtieron en una algarada y los sindicatos respectivos, así como las juventudes, se negaron a unirse. Y punto final.
Esta desastrosa unificación dejó la primogenitura del campo maoísta al MC que aprendiendo la lección absorbió al poco tiempo a la Organización de Izquierda Comunista de España, cuya imposibilidad de una política consejista la había dejado desnortada, en un congreso de unanimidades que se saldó al poco tiempo con la salida de los que habían sido los dirigentes de la OICE, del consejismo nadie volvió a hablar. La salida de la cúpula de la OICE señaló un signo de los tiempos, los antiguos dirigentes, cuadros y militantes que salían por la izquierda de sus organizaciones para acabar rápidamente en el PSOE. Una salida por la izquierda hacia la derecha que se hizo cada vez más frecuente.
La siguiente unificación correspondió a otra corriente, bastante más numerosa que publica, la llamada “prosovietica” que se caracterizaba, obviamente, por su adhesión a la política del PCUS. También de las tres más importantes organizaciones que existían, Partido Comunista de los Trabajadores, PCE (VIII y IX Congresos) y Partido Comunista Obrero Español, se unieron solamente las dos primeras. Y a los pocos meses, siguiendo la tradición española del hacha, hubo dos partidos comunistas unificados. Aunque al final, en enero de 1984, se produjo la gran unidad cuyo fruto fue el Partido Comunista de los Pueblos de España, cuya deriva hacia la extinción da para otro apunte.
De la unidad entre la Liga Comunista y la Liga Comunista Revolucionaria poco hay que decir ya que se trato de una reunificación de los antiguos grupos (“Encrucijada” y “En Marcha”) originarios, escindidos años atrás, del Frente de Liberación Popular, conocido como el Felipe.
Resulta curioso que la unificación de MC y LCR fuese ya sin principios, porque una organización, se suponía, debiera sostener el maoísmo y la otra el trosquismo, dando por resultado una “Liberación” o bloque trosquista-maoísta en viaje permanente hacia la inexistencia, pero con muy buenas intenciones.
En realidad la historia de las fusiones de las organizaciones a la izquierda del PCE es la historia de su viaje hacia la nada. La adscripción de grupos reducidos de personas a ideologías claras de forma confusa e indefinida y la cristalización alrededor de ellas de unas organizaciones débiles desde su origen porque sin faltar el corazón estaba ausente la cabeza, por decirlo con una imagen sencilla, constituía la falla original.




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